martes, 27 de febrero de 2024

Entre democracia y protagonismos.

Son muchas las ocasiones en que hemos escuchado a personajes de la vida político-partidista referirse a sí mismos como ingredientes indispensables y necesarios para la democracia nacional, para las instituciones que encabezan o para proyectos políticos a futuro.  

En este sentido, el objetivo de esta participación es invitar a la comunidad lectora a cuestionar la postura y la terminología que empleamos cuando analizamos los temas públicos y que podamos cuestionar el uso político-electoral de los pronombres yo, tu, él, ellos; y que en su lugar se hable más sobre nosotros. 

Todo proyecto político debería invitar al análisis de las realidades cotidianas, sobre todo aquellas de interés general, puesto que no sirve de nada la consideración de la individualidad cuando se discuten asuntos públicos como el presupuesto, la inseguridad, la precariedad económica, el aumento de los delitos, etc. No sirve la individualidad para debatir y resolver asuntos generales, lamentablemente no deja de utilizarse, por un lado el intento de protagonismo para dirigir la discusión y ofrecer la solución y por otro lado, el protagonismo en la búsqueda de supuestos únicos responsables. 

Considero que no hay fundamento para que en la política se discuta en primera persona, es decir, pretender que un sistema tan complejo como es el político y democrático en México tenga como única solución a tantas problemáticas, la sola llega de una persona a determinado cargo público. Pretender que una persona con su presencia o ausencia abarque y supere a los objetivos y fundamentos de toda una institución es un ejemplo de cuando se sobredimensiona una individualidad sobre la generalidad. 

Los proyectos políticos que no están acostumbrados o no acostumbran a que sus miembros utilicen más el “nosotros” frente al yo o tú, no tienen elementos suficientes para perfilar un discurso, ideología o mensaje incluyente, por tanto, las consecuencias negativas que resentirá la comunidad serán evidentes. Las instituciones públicas están pensadas para trascender, para incluir, para atender asuntos generales, no para intereses protagónicos. 

La obligación constitucional de los partidos políticos es fomentar y organizar a la población en el conocimiento, discusión y debate respecto de los asuntos públicos, alejados de fanatismos, prejuicios e ignorancia, tal como lo postula el artículo 3ro de la Constitución Política Federal cuando perfila los fines de la educación a cargo del Estado, en interpretación sistemática con el artículo 41 de la misma norma fundamental que estable que las obligaciones de los partidos políticos para la organización de la población en democracia. 

No puede ni debe olvidarse que lo público somos nosotros; queda fuera de la relevancia la dimensión del yo, tu, él o ella. Seguir fomentando un discurso con esos énfasis tiende a dividir más a la colectividad, degradando el sentido de pertenencia, identidad y corresponsabilidad que deben ser motores de la convivencia social. El problema a que me refiero es pretender que todo lo bueno que ocurra en una institución pública depende y se deba a una sola persona, olvidándonos por completo que solo representa a una administración. Del mismo modo, atribuir los malos resultados a una persona, presenta la misma deformación que olvida lo institucional y solo mira lo personal. 

Requerimos que se desarrollen discursos donde quepa toda la sociedad, donde se nombre nosotros en dos vertientes: para celebrar los buenos resultados de las políticas públicas o para asumir equitativamente las responsabilidades de los resultados negativos. En la medida que la población deje de referir a la individualidad podremos abandonar posturas y prácticas verticales, autoritarias, paternalistas o condescendientes en los asuntos públicos.

Los discursos de titulares de instituciones públicas que discursan sobre sus buenas intenciones o esfuerzos para determinados sectores de la población; por ejemplo personas en situación de pobreza, suelen ser discursos paternalistas, protagonistas, condescendientes o invisibilizantes de la propia voz de las personas que la sufren. El discurso, la práctica política y los perfiles políticos que esta sociedad demanda debe ser incluyentes, ecuánimes, tolerantes, que escuchen más y hablen menos, que actúen más y que simulen menos. 

En la medida que sectorizamos el discurso (no así las políticas y acciones de gobierno) generamos imaginarios de que lo político es lo que “tu consideres” y no lo que “nos describe a todos”. Construirnos discursivamente como el pronombre “nosotros” implica considerarnos parte del problema y de la solución, esto lleva implícito un beneficio a ti y para mí. 

En democracia no debe haber héroes ni mesías; los problemas y soluciones dependen de nosotros y no de ellos o él, exijamos que no nadie quede fuera, empezando por el discurso.