Fue un varón quien primero dijo: “Tengo miedo”, y fue también a un varón a quien Dios primero le dijo: “No tengas miedo”. “En una visión nocturna, Abraham oyó otra vez la voz divina: “No temas, Abram, yo soy tu escudo, y tu recompensa será muy grande”. Génesis 15:1. Pero Abraham estaba tan deprimido por los presentimientos que esta vez no pudo aceptar la promesa con absoluta confianza como lo había hecho antes”

¿Por qué Abram tendría miedo? Acababa de regresar del victorioso rescate de su sobrino Lot, le había entregado los diezmos a Melquisedec, había renunciado al botín ofrecido por el rey de Sodoma, botín que había ganado limpiamente. Había hecho todo lo correcto, ¿de qué entonces tendría miedo? Revisando el contexto del versículo, podemos identificarnos con sus temores. Era un hombre casado, sin hijos, había salido a un país extraño, temía no heredar la tierra donde se estaba mudando, tal vez le daba miedo de que los reyes que acababan de derrotar regresaran para vengarse.
No todos los miedos son producto de la desobediencia. Estos miedos podrían ser familiares para ti: ¿Tienes miedo a no tener hijos? ¿Tienes miedo a no alcanzar tus sueños? ¿Tienes miedo de vivir en un país extraño? ¿Tienes miedo a la venganza? ¿Tienes miedo de contagiarte de ese coronavirus que anda acechando por doquier?
“No es la voluntad de Dios que su pueblo sea abrumado por el peso de las preocupaciones. Pero nuestro Señor no nos engaña. Él no nos dice: “No temas; no hay peligros en tu camino”. Él sabe que hay pruebas y peligros, y nos lo ha manifestado abiertamente. Él no tiene la intención de quitar a su pueblo de en medio de un mundo de pecado y maldad, pero le presenta un refugio que nunca falla”.
Las dos razones que Dios le dio a Abraham para no tener miedo descansan en las promesas para enfrentar este día con valor. Dios te dice: “Yo soy quien te protege”. La primera es su promesa de protección. Luego: “Voy a darte mucha riqueza”. La segunda promesa es que premiará la obediencia. En cualquier situación difícil que enfrentes hoy, recuerda: Dios te protegerá y Dios te premiara. Camina erguido y confiado en estas dos promesas.